Dios dice en una tradición divina:

“Yo era un tesoro oculto; amaba ser conocido y creé la creación.”

Ese Amor es el amor de Dios por Sí mismo, y toda la creación fue creada a partir de ese Amor. Es a través de ese Amor por Dios que Su creación llegó a conocerle. Así, nuestro Creador nos ama, tanto por Su propio bien como también por el nuestro. Y nos creó para Sí mismo.

El amor de Dios por nosotros se manifiesta en que nos da la capacidad de saber qué clase de acciones, qué clase de vida, nos conducirán a la vida eterna y a la felicidad, y cómo salvarnos de aquello que va contra nuestro derecho de nacimiento, nuestra naturaleza y nuestra razón de ser en este mundo.

El propósito de nuestra creación se revela en este versículo del Sagrado Corán:

“No he creado a los yinn y a los hombres sino para que Me adoren.”

(Sura Adh-Dhariyat, 51:56)

La palabra árabe lita‘budūn significa literalmente “adorar”. También puede entenderse como “servir”, porque la palabra árabe ‘abd significa “servidor”. Así, queda claro que fuimos creados tanto para alabar a Dios como para servirle.

Nuestra obligación de alabarle es un fenómeno natural, pues Dios dice en el Sagrado Corán que:

“Los siete cielos y la tierra y cuanto en ellos existe Le glorifican. Y no hay nada que no Le glorifique con alabanzas, pero vosotros no lo comprendéis.”

(Sura Al-Isrá, 17:44)

Y también:

“¿Acaso no ves que a Dios le glorifican todo cuanto hay en los cielos y en la tierra, y también las aves con las alas desplegadas? Cada uno sabe cómo orar y alabarlo.”

(Sura An-Nur, 24:41)

Así, la alabanza, la glorificación, el agradecimiento y la oración a Dios son manifestaciones naturales de la existencia en todo lo creado.

En el primer versículo, Dios se dirige en plural a toda la humanidad, diciendo “no lo comprendéis”; pero en el segundo, cuando dice “¿acaso no ves?” en singular, se dirige a nuestro maestro Muhammad (saws). Esto significa que nosotros no podemos ver ni entender esta glorificación universal sin un gran esfuerzo. A lo sumo, podemos creer a ciegas; mientras que cuando Él pregunta “¿acaso no ves?”, indica que el Profeta (saws) puede verlo con claridad.

Por tanto, para ocupar nuestro lugar honroso dentro de la creación —habiéndosenos concedido una mente, una voluntad, una conciencia y un alma humana—, delegados por nuestro Señor para ser Sus regentes en el universo y alabarle con atención, el único camino es intentar ser como nuestro maestro, Su amado profeta, Muhammad Mustafa (saws).

Dios, en Su Misericordia, ha creado a Sus mensajeros, Sus profetas, con la misma forma de los otros seres humanos. Sus benditos cuerpos físicos se parecen al nuestro, y nuestro ser físico no es muy distinto del de los animales. De hecho, en su estructura molecular, el cuerpo humano contiene muchos de los mismos elementos que hay en las plantas y en la tierra, el agua y el aire.

Si todo el universo visible alaba a Dios (aunque el ser humano no pueda percibirlo), entonces nuestro ser físico —nuestras manos, nuestros pies, nuestra lengua— también se encuentran en un estado continuo de oración, aunque no seamos conscientes de ello. Dios dice:

“El día (del Juicio) en que sus lenguas, sus manos y sus pies testificarán sobre lo que hacían.”

(Sura An-Nur, 24:24)

Para el ser humano, que posee el alma humana que Dios sopló en él de Su propia Alma, inteligencia y voluntad, la alabanza al modo del mineral o del vegetal no es suficiente. Estos dones divinos le han sido dados al hombre para que demuestre que es digno de ellos. De lo contrario, rebajará su estado por debajo del animal. El animal, la planta y la roca jamás se rebelan contra su propia naturaleza, porque no conocen otra cosa que a sí mismos y no hacen sino aquello para lo que fueron creados: se someten. 

Dios dice en el Sagrado Corán:

“Y ante Dios se prosternan todo lo que habita en los cielos y en la tierra donde habitan los seres vivos, e incluso los ángeles, que no se rebelan: temen a Su sostenedor y cumplen lo que se les ordena.”

(Sura An-Nahl, 16:49-50)

Pero los hombres son orgullosos y no se conocen a sí mismos. Se enorgullecen de lo que no son, de aquello que sus egos les hacen creer que es real. Hasta que descubren quiénes son en verdad. Su adoración y su devoción a Dios será hipócrita: a lo sumo, una imitación.

Una forma de conocernos es por comparación. Pero no debemos compararnos con otros hombres —lo cual sería comparar un desconocido con otro desconocido—; debemos comparar nuestro estado, incluso ese estado imaginario teñido de orgullo, con lo que estamos llamados a ser: nuestro potencial.

Dios, como clara manifestación de Su amor por nosotros, ha enviado Sus libros sagrados y Sus profetas —hombres perfectos, ejemplos para la humanidad— como encarnación de cuanto desea para nosotros. Pero el hombre siguió distorsionando los mensajes y rehaciendo a los mensajeros a su propia imagen. Entonces Dios envió Su mensaje final, inalterable, en el Corán —que contiene la verdad de todos los mensajes divinos— y un Mensajero como sello de la profecía, que contiene la esencia de todos los profetas desde Adán (as): Muhammad Mustafa (saws).

Si nos medimos con los mandatos de Dios en el Corán, y si comparamos nuestra vida con la vida de aquel a quien Él envió como Su misericordia para el universo, quizá podamos ver nuestro triste estado. Entonces tal vez nuestra devoción, nuestra adoración, sean un poco más sinceras y verdaderas, aunque seguirán siendo forzadas, teñidas por el dolor de la desilusión con nosotros mismos y por el egoísmo de esperar una recompensa, incluso si es el perdón.

Hz. ‘Alí (ra) dijo que hay cuatro clases de adoración. La más baja, totalmente inútil, es cumplir mecánicamente los ritos de oración. Cuando el Mensajero de Dios (saws) dice: “Hay quienes ayunan y lo único que consiguen es hambre, y quienes oran y lo único que logran es cansancio”, describe este tipo de plegaria. Hz. Mawlana Yalal ad-Din Rumi (ks) compara las postraciones repetidas con gallinas picoteando grano.

La segunda clase de oración es aquella en la que el devoto pide a Dios cosas: dinero, reconocimiento, salud, etc. En cierto sentido, incluso quienes piden el perdón de sus pecados y la entrada al Paraíso están incluidos entre ellos. Hz. ‘Alí (as) no llama a esto adoración, sino una transacción comercial: durante ella el devoto piensa que sus oraciones pueden ser el pago por las bendiciones de Dios. Dios dice en una tradición divina:

“Hay quienes Me piden en sus oraciones este mundo, y Yo les doy el mundo, pero no tendrán parte en el Más Allá. Y hay quienes piden el Más Allá y Yo les doy el Más Allá, pero no tendrán parte en este mundo. Y hay quienes solo Me aman y Me piden solo a Mí. A éstos les doy a Mí mismo, y el mundo y el Más Allá.”

La tercera clase de adoración es la que se hace en agradecimiento, no solo por las innumerables bendiciones que Dios derrama sobre Su creación, sino también por las dificultades que ponen a prueba nuestro amor por Él. Aunque es una forma muy elevada de alabanza de la generosidad, del amor y de la compasión de Dios por Sus criaturas, Hz. ‘Alí (ra) la llama una forma egoísta de oración.

La forma más elevada de adoración es la alabanza del amante al Amado, por puro amor a Dios. Dios menciona a quienes oran así en el Corán:

“…un pueblo al que Él ama y que ellos Le aman…”

(Sura Al-Maida, 5:54)

Ciertamente, nuestro amor por Él no puede ser como Su amor por nosotros. El amor del que somos capaces es amor natural —que muchos, si no todos, conocemos—, o bien amor espiritual —que muy pocos pueden siquiera comprender y menos aún alcanzar—. El amor espiritual no se adquiere: es un don; y para recibir ese don, debemos ser dignos de recibirlo. El grado más alto de devoción es alabar al Amado con ambos: con el amor natural que se nos ha dado y con el amor espiritual que hay que recibir. Para recibir el don del amor espiritual, debemos “conocer, encontrar y SER”. No puedes encontrar algo si no sabes qué buscas, ni puedes hallarlo si no conoces el camino, ni puedes SERLO si no te dejas a ti mismo atrás. Dios dice en una tradición divina:

“Cuando Mi siervo fiel se acerca a Mí con obras de adoración adicionales, Yo le amo, y él Me ama. Y cuando Yo le amo, Me convierto en sus ojos con los que ve, en sus manos con las que toma, en sus pies con los que camina…”

Ese es el momento en que el hombre conoce, encuentra y está con su Señor. Pero ¿qué es esa “adoración adicional” que nos acerca a nuestro Señor? Es el **servicio**.

Creemos que hay dos niveles de adoración. Uno es la adoración obligatoria: la oración cinco veces al día, el ayuno durante el mes de Ramadán, el pago de la limosna (un 1/40 de nuestros bienes líquidos) a los musulmanes necesitados, y la peregrinación una vez en la vida. Aunque Dios ha fijado tiempos específicos para estas devociones formales, en Su Misericordia nos ha permitido, en caso de necesidad, retrasar estas obligaciones. Si perdemos una oración, un día de ayuno, el pago debido, o la peregrinación, se nos permite compensarlos después. El bendito Profeta (saws) solía romper su ayuno y hacía que sus seguidores lo rompieran cuando enfrentaban peligro. Dios también permite abreviar las oraciones y no ayunar cuando viajamos o en enfermedad.

El segundo nivel de adoración no tiene tiempos específicos. Sus deberes han de realizarse ahora, siempre, y ejercerse cuando la ocasión se presente en la vida diaria: bondad, perdón, preocupación por los demás, ayuda, protección, sustento, consejo, construir y no destruir… A los ojos de Dios: “El mejor de los hombres es el que es bueno con los demás”; “Velar una sola noche por la seguridad de otros vale más que mil noches en oración”; “musulmán es aquel de cuya lengua y manos están a salvo los demás”; “A quien Dios más ama es aquel que hace el bien y hace que otros hagan el bien, y hace que amen a Dios y que Dios los ame”.

Dios no permite que esta forma de adoración se retrase. No puedes decir “lo salvaré después, primero debo rezar” cuando alguien se está ahogando, ni “lo alimentaré mañana” cuando alguien tiene hambre. Esta segunda forma de oración a través del servicio es la “adoración adicional” que nos acercará a nuestro Señor. De hecho, una señal de que nuestras devociones formales —oraciones diarias, ayuno, limosna— han sido aceptadas es que se nos brinden las oportunidades y podamos realizar la adoración del servicio. Debemos creer firmemente que quien no es un aporte para sí mismo, para su familia, para sus vecinos, para su nación, para el islam y para toda la humanidad, y por el contrario hace daño, aunque pase la noche en oración y ayune durante el día, no entrará al Paraíso.

Cuando el hombre ha demostrado ser digno de ser un ser humano y un fiel servidor, sirviendo sin egoísmo en nombre de su Señor, puede recibir el don del amor espiritual.

Debes saber que el Amado, amado con amor espiritual, no acepta compañero. Así como Dios no tiene asociados, el amor por Él tampoco puede dividirse. Sin embargo, el amor espiritual reúne el amor del Amado por el amante y el del amante por el Amado, pues es una combinación del amor del Amado hacia el amante y del amante hacia el Amado. En cambio, el “amor natural”, que muchos hombres conocen, es siempre en beneficio del amante. Ambos amores desean alcanzar y unir al amante y al amado. El amor natural, en el mejor de los casos —si es mutuo—, es cuando los amantes se encuentran para crear 1+1=2: cada uno puede enriquecerse, pero seguirán siendo dos juntos. En el “amor espiritual”, el amante será uno con el Amado, creando 1×1=1: el amante y el Amado se hacen uno.

Cuando seamos dignos de ese estado de unificación, nuestras oraciones se convertirán en nuestras acciones, y nuestra vida entera no será sino la manifestación de los atributos divinos de Dios, Sus bellos Nombres, que Él enseñó a Adán (as), nuestro padre. Esa es la definición de un hombre perfecto.

Dios sabe más.

Shaykh Tosun Bayrak al-Jerrahi

Rayab, 1421 H.