Vivimos con miedo, miedo de perder las cosas que creemos poseer: nuestra salud, nuestra juventud, nuestra vida, nuestras esposas, hijos, dinero, empleos, etc. Y, en efecto, la mayor parte de nuestro tiempo y esfuerzo se dedica a asegurar estas cosas. Seguimos el consejo de nuestros banqueros, de nuestros abogados, de nuestros médicos. Economizamos, somos celosos de nuestros derechos legales, hacemos dieta, tomamos nuestras pastillas. 

Algunas personas también temen perder su buena reputación, su honor, el respeto y el amor de los demás. Unos pocos temen perder la razón, la fe, la esperanza de salvación en la otra vida y su religión. A duras penas hacen sus oraciones, unos pocos días de ayuno al año, y dan menos limosna de la que debieran dar, aunque jamás se atreverían a engañar al fisco.

Nos quejamos de fatiga, de estrés, de injusticia, de mala suerte y de los abusos del gobierno, de la sociedad, de la economía, de jefes, empleados, vecinos, madres, padres, esposas y esposos, de nuestros hijos; prácticamente de todo y de todos, y rara vez reconocemos nuestra propia culpa. A pesar de todo este esfuerzo, no logramos eliminar nuestros miedos. De hecho, cuanto más intentamos y fallamos, peor nos sentimos y más se acrecientan nuestros temores. Este es el estado del mundo entero.

La solución que han encontrado los gobernantes de este mundo es ofrecer “pan y circo”: diversión y entretenimiento. Su remedio no es buscar fuerza para enfrentar la situación, sino olvidar, distraerse. ¡No funciona! El borracho se despierta con resaca después de un frenesí momentáneo; regresa a sus problemas acompañado de un dolor de cabeza insoportable.

En realidad, no hay nada que temer salvo a nosotros mismos, a nuestro ego y sus apetitos insaciables, que siempre quiere más de lo que tiene, aunque tuviera el mundo entero. ¿Qué se supone que debemos hacer para detener esta locura? ¿Cómo vivir esta vida en paz y con cordura? En verdad, mientras estemos bajo el dominio de nuestro ego no hay consuelo en este mundo. Es una prueba difícil que dura cuarenta, setenta o noventa años, y que debemos atravesar para encontrarnos con nuestro Creador. Es una prueba que muy pocos pasan porque eligen al mundo y a todo lo que lo rodea como si fuera la fuente de la felicidad.

Desde el principio, Dios ha enviado miles y miles de maestros: Sus profetas. Muchos piensan que pertenecen a otro tiempo y lugar, y los juzgan según sus propios términos. Y ¡qué bien conocemos esa lógica! En nuestro afán de reducir los miedos, creemos que el éxito es superar a los demás. Competimos. Buscamos lo novedoso pero lo nuevo no es nuevo. Nuestros maestros, ejemplos para todos nosotros, se esforzaron en valorar la tradición, valores que no cambian con los tiempos y postulaban que el camino recto era aprender a ser “nada”. Representan categóricamente lo opuesto a lo que se piensa y enseña hoy. Por eso la mayoría de la humanidad no tiene fe, incluso quienes se llaman religiosos. La mayoría de los religiosos también se han vuelto al camino de lo “nuevo”.

El último y sello de los profetas, el bendito Muhammad —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— fue enviado como un hombre. Nació y pasó por diferentes pruebas que cualquier hombre, en cualquier tiempo y lugar, podría atravesar. Trabajó, luchó, comió y durmió, se casó, tuvo hijos, enfermó y murió. El Corán, el mensaje de Dios en lenguaje humano, que contiene instrucciones para toda la humanidad, le fue revelado. Y todo lo que pensó, sintió, dijo e hizo no provenía de él, sino de Dios a través de él.

Seguir sus instrucciones y su ejemplo no es en absoluto difícil. Solo tenemos que decidir hacerlo, tomarnos la molestia de aprender su forma de vida, ya sea estudiando las tradiciones proféticas o, mejor aún, encontrando un maestro que lo imite. Esto queda expresado en el siguiente versículo del Sagrado Corán, sura 33, aleya 21:

Ciertamente tenéis en el Mensajero de Dios un hermoso ejemplo para quienes esperan en Dios y en el Más Allá y Le recuerdan a menudo.

Así pues, podemos seguir su camino e imitarlo en nuestras vidas solo si confiamos en Dios, si tenemos certeza en la asistencia divina y permanecemos firmes en las pruebas más duras. Debemos recordarlo a menudo, sentirnos conscientes y responsables de nuestras acciones y ser capaces de ver las manifestaciones de Dios a nuestro alrededor.

¡Oh, Señor! Enséñanos la Verdad de Muhammad (saws), condúcenos al Camino de Muhammad (saws), embellece nuestros corazones con el Amor de Muhammad (saws), y concédenos su valentía, la de aquel que solo teme a Dios. Como Tú dices:

Quien teme a Dios, todas las demás criaturas le temen a él.

Tosun Efendi, agosto de 1997