¿COMO HACEMOS PARA QUE EL FUEGO DEL INFIERNO NO NOS QUEME?
El ecosistema de Qarib, Hayyin, Layyin y Sahl
EL FUEGO QUE NOSOTROS MISMOS CREAMOS
Dios nos ha dado el poder de convertir nuestra vida en este mundo y en el que sigue en un infierno—y no solo nuestra vida, sino también la vida de quienes nos rodean. Y ese mismo poder funciona en sentido contrario. Podemos cultivar esta vida, cuidarla y dejar que florezca hasta convertirse en un jardín. Ambas posibilidades están a nuestro alcance. Es una elección.
Tendemos a imaginar el infierno como un enorme fuego en el que todos son arrojados juntos. Pero no es así como funciona. El fuego asociado al infierno es personal: cada uno construye el suyo. Inshallah, ninguno de nosotros tendrá que verlo ni sentirlo jamás. El fuego no es igual para todos, porque somos nosotros quienes lo alimentamos, con cada respiración, palabra tras palabra, acción tras acción. Y como es personal, tu fuego no puede quemarme, y el mío no puede quemarte. Mi fuego solo me quema a mí.
Behlul-i Dana, cuyo verdadero nombre era Wahab ibn Amr, era un erudito y místico que vivió en Bagdad, un hombre de verdadero conocimiento y muy respetado. Algunos relatos lo describen como hermanastro de Harun al-Rashid, el califa de la época; otros dicen que era simplemente un pariente cercano, un primo o un sobrino.
Harun al-Rashid buscaba un juez principal al que pudiera controlar y como el talento y sabiduría de Behlul-i Dana eran evidentes, el califa le ofreció el cargo. Wahab ibn Amr comprendió de inmediato lo que realmente significaba aquel nombramiento: aceptarlo supondría que en muchos casos debería doblegar la ley islámica para legitimar las decisiones del califa, por injustas que fueran. Por otro lado, rechazarlo abiertamente sería interpretado como una traición a la dinastía y probablemente le costaría la vida.
Atrapado en ese dilema, acudió a su guía espiritual, Musa al-Kadhim —de la familia del Profeta y maestro profundamente respetado— y le preguntó qué debía hacer. Musa al-Kadhim le dijo que solo había una salida: tendría que aparentar haber perdido la razón.
Al día siguiente, la gente vio a Wahab ibn Amr por las calles, montado sobre un palo de madera como si fuera un caballo, vestido con ropas andrajosas y hablando disparates. La noticia llegó a Harun al-Rashid, quien concluyó que el nombramiento ya no podía llevarse a cabo: difícilmente un hombre que había perdido la razón podría servir como juez. Para Wahab ibn Amr fue una solución perfecta. Como pariente del califa podía entrar y salir libremente del palacio y de la sala del tribunal y bajo la apariencia de una supuesta locura podía expresar libremente lo que pensaba. Cada vez que el tribunal dictaba una sentencia injusta, aparecía y decía algo que, para la mayoría, sonaba como las divagaciones de un loco, pero que para quien realmente supiera escuchar era una crítica aguda y valiente al califa y al tribunal. Con el tiempo, la gente comenzó a llamarlo Behlul-i Dana, el loco sabio —Behlul, el sabio.
Durante un invierno especialmente crudo, Behlul desapareció durante varios días. Incluso Harun al-Rashid, abrigado dentro de su palacio, se preocupó, preguntándose cómo un hombre que solía dormir en los cementerios podría sobrevivir al frío. Justo cuando pensaba en ello, Behlul entró en la sala del trono.
«¿Dónde has estado? Estaba preocupado por ti», dijo el califa.
«Fui al infierno», respondió Behlul, «porque aquí hacía tanto frío que quería traerte un poco de fuego para que pudieras calentarte».
«¿Y dónde está ese fuego?», preguntó Harun al-Rashid, siguiéndole el juego.
«Mi sultán», dijo Behlul, «no hay fuego en el infierno».
El califa se rio: «¿No hay fuego en el infierno? ¿Cómo puede ser eso?».
Y Behlul respondió: «Los guardianes me dijeron que la gente lleva consigo su propio fuego».
El fuego no nos está esperando en algún otro lugar, preparado de antemano; cada uno de nosotros lo crea. Y no espera hasta la próxima vida para comenzar a arder: puede consumirnos antes en esta vida. Si siento que tengo una vida miserable, vale la pena preguntarme honestamente si esa miseria es el fuego que yo mismo he alimentado.
CUATRO CUALIDADES QUE IMPIDEN QUE EL FUEGO NOS QUEME.
Según se relata en un hadiz, el Profeta, la paz y las bendiciones sean con él, planteó una pregunta a quienes lo rodeaban: «¿Acaso no les diré quién está a salvo del Fuego, o para quién está prohibido el Fuego? [Está a salvo] toda persona que sea cercana [a la gente] (qarib), gentil de corazón (hayyin), gentil en el habla (layyin) y de trato fácil (sahl)”. Juntas, las cuatro cualidades forman lo que puede llamarse un ecosistema de gracia: un carácter completo, en el que cada parte depende de las demás.
QARIB — CERCANÍA
Qarib proviene de qurb, cercanía, y es lo contrario de ser inaccesible. Una persona qarib se pone a disposición de los demás; ningún título, posición o sentimiento de superioridad se interpone cuando alguien simplemente se acerca a ella e inicia una conversación. Cuando llegar hasta una persona importante suele significar atravesar varias capas de intermediación, es lo contrario de una persona qarib.
Quien se acerca a una persona qarib siente que su presencia es importante, que es visto, no rechazado, que su presencia no es un estorbo.
HAYYIN — LA SERENIDAD DEL CORAZÓN
Hayyin protege al corazón de la dureza. Podemos comprenderlo como una paciencia interior, un amortiguador, como la suspensión de un automóvil absorbe los baches del camino para que el trayecto siga siendo suave, o como una embarcación cuya quilla atraviesa grandes olas sin hacer que todos los que están a bordo pierdan el equilibrio.
Hayyin no es la supresión de la ira, ni consiste en apretar los dientes para soportar la frustración. Es una serenidad estable que impide que lo que sucede afuera altere lo que existe dentro de la persona.
LAYYIN — LA GENTILEZA DE LA LENGUA
Mientras hayyin protege el corazón, layyin protege la lengua. Es la expresión exterior, en el habla, de esa misma serenidad interior: una comunicación tierna, no amenazante, que permite a las personas abrirse con honestidad, incluso cuando están en desacuerdo, porque nada en el intercambio se siente como un ataque o una crítica.
Layyin, la gentileza de la lengua no puede existir sin hayyin, la serenidad del corazón: un corazón en conflicto no puede hablar con ternura. Cuando el amortiguador interior deja de contener, la agitación emocional llega pronto a la lengua, y la lengua se convierte en un cuchillo en lugar de un puente.
SAHL — LA DISPOSICIÓN A CEDER
Incluso cuando las tres primeras cualidades están plenamente presentes, el desacuerdo es posible, y a veces inevitable. Sahl es la disposición a ceder antes que se produzca el quiebre: mirar el punto de fricción y preguntarse cómo podría evitarse el quiebre, en lugar de insistir en tener razón a cualquier precio.
Es lo que permite que una amistad, una familia o una comunidad absorban sus propias diferencias en lugar de quedar destruidas por ellas.
Ninguna de estas cuatro cualidades funciona por sí sola. Sin qarib, hayyin y layyin permanecen ocultas: una persona podría poseer la más hermosa serenidad interior y la lengua más dulce, pero nada de ello serviría si nadie pudiera acercarse a ella, como perlas encerradas en un cofre en el fondo del océano.
Y sin hayyin y layyin, qarib tampoco consigue mucho por sí solo, porque la accesibilidad sin serenidad interior o sin palabras amables no da a las personas una verdadera razón para permanecer cerca.
Solo cuando las cuatro actúan juntas —cercanía, serenidad interior, habla amable y disposición a ceder— forman este ecosistema de gracia que evita el fuego.
EL PROFETA COMO EJEMPLO
El Profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, encarnó las cuatro cualidades juntas, y en tal grado que a veces la gente se sorprendía al enterarse de quién era. Era tan accesible que podía caminar por las calles hablando con desconocidos, niños, mujeres, ancianos y enfermos, comiendo y sentándose con cualquiera, sin que nadie necesitara que le dijeran que aquel era el Profeta entre ellos.
Cuando hablaba con alguien, giraba todo su cuerpo hacia esa persona y le prestaba toda su atención: lo contrario de la atención dividida que tantas veces nos damos unos a otros hoy, mirando de reojo el teléfono durante una conversación y haciendo que la otra persona se sienta ignorada.
El propio Corán se refiere a estas cualidades: 3:159 (Sura Al ’Imran):
«Y por una misericordia de Dios fuiste amable con ellos. Si hubieras sido áspero y duro de corazón, se habrían alejado de ti. Así pues, perdónalos, pide perdón por ellos y consulta con ellos sobre los distintos asuntos de interes público. Y cuando hayas tomado una decisión, confía en Dios. En verdad, Dios ama a quienes confían en Él.»
Su sahl era igualmente evidente, quizá de manera más famosa en el Tratado de Hudaybiyyah, en que aceptó términos que a muchos de sus compañeros —entre ellos Umar— les parecían profundamente injustos, porque para él encontrar una solución de largo plazo importaba más que ganar la discusión.
UNA INVITACIÓN FINAL
La propuesta práctica, al final, es sencilla y a la vez incisiva: siéntate y evalúa honestamente cómo se manifiestan cada una de las cuatro cualidades en ti, de 1 a 7.
¿Cuán accesible soy? ¿Cuán sereno estoy por dentro? ¿Cuán gentil es mi manera de hablar? ¿Cuán dispuesto estoy a ceder cuando realmente importa?
En cierto sentido, esa calificación es una medida de cuánto de nuestro fuego personal estamos creando. El objetivo es aprobar en las cuatro —nada por debajo de un 4, e idealmente de 5 para arriba — como la manera más segura de vivir en paz en esta vida y, en la próxima vida, tener un lugar en el Paraiso.
El propósito del ejercicio no es calificar a los demás. Es hacernos honestamente la pregunta a nosotros mismos.
As-Salamu ’alaykum
Comentarios recientes